1 Año y 6 meses

Es el tiempo que sé el porqué de muchos interrogantes que se agolpaban sin poderles dar una respuesta o una respuesta que a mí me convenciese.

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Tengo 29 años pero mi madurez mental creo que corresponde al de una persona de más edad. Esta madurez se ha tenido que espabilar demasiado pronto y estar a la altura para que recién cumplidos los 5 años se empezase a forjar una responsabilidad que hiciese posible llevar una vida “normal” con diabetes.

A esas edades uno no se da cuenta de lo que está sucediendo, sólo que “a partir de hoy no puedes comer dulces vida”, “tráeme el dedito que te tengo que pinchar”, “no corras mucho en el recreo a ver si te va a dar un bajón “. Poco a poco te vas dando cuenta que no eres como los demás, que antes compartías con tus amig@s las chocos, las gominolas en el recreo y ahora sólo puedes observar mientras te comes una manzana.

En la adolescencia esa responsabilidad brilla por su ausencia dando lugar a enfados con padres, con médicos….pensar que sabes más que ellos, que qué te van a decir si no tienen ni puta idea, y mientras, la enfermedad sin distinguir si eres niñ@ o adolescente o viej@, sigue su curso respondiendo de igual manera que se le responde a ella, si tú la sabes cuidar todo irá bien, pero si la tratas mal atente a las consecuencias.

En cuanto esas consecuencias se me pusieron encima de una mesa y me hicieron ver lo que me podría pasar decidí tomar cartas en el asunto y empecé a controlarme de nuevo y mis niveles descontrolados por completo poco a poco volvieron a estar en su sitio.

En pleno transcurso de mi vida universitaria comenzaron a sucederle a mi cuerpo cosas que no entendía porqué; se me olvidaban palabras en plena conversación, palabras cotidianas que por más que intentaba buscarlas no era capaz; también empezaba a decir una frase y tenía que pedir perdón porque no me acordaba de lo que quería decir.

En una ocasión estuve con las piernas hormigueadas aproximadamente 1 mes, pero el neurólogo que me atendió me dijo que podría ser por un mal control de la diabetes. Esa respuesta no me convencía, pero el médico era él no yo.

Ese hormigueo tal como vino se fue y no le di más importancia, pero con el paso del tiempo yo sabía que algo no iba bien, cada vez me sentía más torpe, mis problemas para hablar eran más frecuentes, hablaba atropelladamente, con las palabras desordenadas. En casa yo decía que debía de tener algo degenerativo porque aquello no era normal.

Al año siguiente del hormigueo, era verano, hacía mucho calor, volví a sentir el hormigueo en las piernas, las tenía de arriba abajo hormigueadas, también unj brazo y mi cabeza parecía que estaba en otro mundo, no era yo, era como si una doble mía estuviese hablando, caminando y yo desde arriba observando, no tenía el control de mi cuerpo. Pero de nuevo en urgencias no hallaron nada, es más, me dijeron que tenía ataque de nervios, no te jode, no voy a estar nerviosa??

Duró unos días y volvió a parar, mi cabeza estaba llena de interrogantes y no había manera de contestarles.

El día de la Lotería Nacional de Navidad del año 2015 me debió de tocar a mí el gordo, el premio que no le deseo ni a mi peor enemigo…. Ese día al despertarme veía doble y me fui a urgencias.

Tras un mes, tras una resonancia y una punción lumbar se me diagnostica Esclerosis Múltiple, y ahí, en la consulta de la neuróloga, que alucinó con mi reacción porque sólo le dije un “vale”, se disiparon todos mis interrogantes.

Lo siguiente, fue preguntarle “y bien, ¿cuándo empiezo con el tratamiento?

Primeras reflexiones

DÍA 1

Con ilusión, hoy me desperté con ilusión y hace mucho tiempo que no me sentía así pero una sola conversación con Rubén, más bien un monólogo de él dándome ideas sobre cómo podía pasar el tiempo, ese tiempo que yo dejaba vacío, sin motivación, sin saber qué hacer sólo comiéndome la cabeza una y otra vez por cosas que como él me hizo comprender, no dependen de mí pero que mi cabeza de chorlito no dejaba, y no deja ni dejará hasta que me recupere del todo, en pensar qué cojones podría hacer yo.

Fue un  monólogo porque yo apenas hablé, me limité a escucharle, me gusta escuchar sus pensamientos en voz alta, sus reflexiones, sus opiniones que tiene de mi manera de afrontar últimamente las cosas, obviamente no le gusta, dice que desde hace un tiempo hasta ahora que cambié mucho, que estoy muy gruñona, que voy por la calle quejándome de todo y, lo que me impactó y asustó también fue que a veces le recordaba a una antigua compañera de trabajo que llegó a odia exactamente por lo mismo, por ser una puñetera quejona y tener siempre malas palabras de la gente. Me alarmó de veras esa comparación porque sé que es verdad. Yo antes no era así, es más, nunca tuve casi preocupaciones y cualquier problema que tenía le daba un enfoque positivo dándole una vuelta de rosca y conseguía sobrepasarlos con creces.

Mientras escribo estas palabras no dejan de caerme las lágrimas, quizás porque hasta que no lo plasmas en papel o se lo sueltas a alguien, no se es consciente realmente de lo que está pasando ahí dentro, en esa cabecita, en esa máquina de pensar que si no se controla te acaba llevando a un pozo sin fondo, un pozo que cada vez se está más abajo y por lo tanto, si se espera a pedir ayuda o a escuchar lo que los demás tienen que decirte, estarás tan abajo que por más que grites para que te saquen de ahí nadie podrá escucharte.

Quizás mi manera de ser sea la que me llevó a caer casi en barrena, me cuesta mucho decirle a alguien lo que siento, mis pensamientos, mis gustos, mis disgustos; da exactamente igual la confianza que pueda tener con alguien que no soy capaz, no me expreso, pienso que a nadie le importa o que no quiero amargar la existencia de nadie con mis cosas, y en realidad la que me amargo soy yo a mí misma comiéndomelo todo, masticando lentamente si poder dejar las cosas atrás ni resetear, todo, absolutamente todo me queda retenido en la mente, como si tuviese un atrapasueños en mi cabeza donde lo único que quedan atrapadas son las malas sensaciones, las cosas que cada día se tuercen o incluso las cosas que te parecen mal de la gente, cosas que no se dicen a la cara y luego quedan ahí enquistadas.

Todo esto denota mi mente negativa, mi incapacidad de girar las cosas como hacía antes, mi malestar conmigo misma y mi casi permanente enfado con el mundo mundial; por esto y por más cosas que espero ir anotando cuando un mal pensamiento me nuble la mente, necesito cambiar.

Cambiar no es fácil, pero Ru me dijo ayer que intentase ver un candado, un candado dorado abierto y cuando me venga un pensamiento malo que lo cierre y me ponga hacer otra cosa diferente, algo para mantenerme distraída, algo que no me haga pensar para poder abrirlo otra vez.

cierre

Toda la vida escuchando: piensa, piensa, pieeensa y mi objetivo es “dejar de pensar”.

Quiero dejar un proverbio chino que me citó Rubén al final de nuestra “conversación” y que tiene toda la razón del mundo:

“Si tienes un problema que no tiene solución ¿para qué te preocupas? si tiene solución ¿para qué te preocupas?”